jueves, 31 de octubre de 2013

Un día cualquiera



UN DÍA CUALQUIERA



Aquel era un día como cualquier otro, pero distinto al anterior; diferente a los de la semana pasada y a todos los días de cualquier mes, año, lustro, década o siglo...

Me desperté sobresaltado, aunque desconocía el motivo. Premonición matutina de aquel día. Miré el reloj-despertador; marcaba con sus grandes números verdes fluorescentes las ocho y media de la mañana.

Salté de la cama y me restregué el pelo y la cara como solía hacer normalmente. Estiré los brazos y el tedio enseguida me envolvió. “Hoy tiene que ser un día distinto, no voy a hacer nada de lo que normalmente acostumbro”, pensé.

Por tanto, no hice la cama; no me quité el pijama; no me duché; no desayuné; no saqué a Ulises al parque de enfrente de casa; ni llené de leche el platito de Tristán... Pero aun así, no sentía nada especial. Me veía como un vago, e incluso era aún peor que un día cualquiera. La rutina me hacía sentir bien...

Entonces decidí cambiar la estrategia: haría todo aquello que siempre solía hacer, mas no sabía por dónde empezar, pues a lo largo de mi vida había hecho diferentes cosas cada día desde que nací.

Cuando era bebé, no hacía nada, puesto que no recuerdo que hiciera cosa alguna. Luego vino la época del colegio: todos los días de diez a una y de tres a cinco, inglés y deporte; con sus correspondientes desayunos, comidas y cenas.

Después, el instituto y rutina, rutina y más de lo mismo.

En la Universidad, me preguntaba si había elegido el camino apropiado, o me dejé llevar como un barco a la deriva...

Seguí pensando cómo eran mis días y una sensación de esplín y hastío recorría todos mis sentimientos.

Opté entonces hacer algo que no había hecho antes -decidí morir.

Pero no bastaba con imaginarlo o desearlo, debía elegir la manera de hacerlo.

Ahorcarme no me apetecía y además no sabía hacerle el nudo a la soga. Cortarme las venas no era de mi predilección y pegarme un tiro era demasiado estruendoso, además de que tampoco tenía pistola. Me estaba desanimando, no encontraba el modo de terminar con mi vida.

Así es que decidí saltar al vacío, intentar volar. Me lancé desde el balcón de mi ático y conseguí hacer dos cosas que nunca antes había logrado: volar y morir. Pese a todo, “había matado dos pájaros de un tiro”.

                                Inmunda humanidad. Profundo abismo.



R. AGUIRRE ©

NOCHE DE TODOS LOS SANTOS 2013

domingo, 20 de octubre de 2013

Nunca



NUNCA



Me invitas al delirio
y tratas de encontrarme
en los límites de la razón,

sueñas con mis deseos
y buscas en mi interior
lo que te falta de ti.


Huyes ágil de la prisa
y te intuyo entre paisajes grisáceos
oculta de la Nada Perpetua.


Preguntas por tu nombre
pero nadie te conoce
e intentas disuadirme
para que no te olvide
aunque el futuro no es mío
ni de nadie.

Son sueños
que ya nunca volverán…


Y a veces creo que el delirio
dirige y tergiversa las vidas absortas
de los perseguidores de niebla…


Aunque no te busque,
aunque me pierda,
aunque el dolor
arañe mis entrañas…


y vuelvo a sucumbir
embaucado por las sombras,
por las sombras
que atrás dejamos,
pero que no nos abandonarán…


Nunca.


R. AGUIRRE ©
2013 

sábado, 12 de octubre de 2013

Ancestros Espectrales



ANCESTROS ESPECTRALES



Y verter el miedo en tu lecho
Y llorar sintiendo fuego en el corazón…


Lágrimas que alimentan
labios sedientos de pasión,
de verdades últimas
reconciliadas con sus ancestros.


En el interior de una burbuja
metálica de sombras,
cual Aleph de Borges,
mintiendo en un futuro inmediato…


Leyes que son eco de dolor
Y condena y violencia y tedio.


Desde un abismo perpetuo
que se dirige hacia los altos cipreses…
           

Y me pregunto: ¿Qué es la vida?
Y el eco me responde:
Sólo un chasquido de dedos…


                                                     Sólo eso.


R. AGUIRRE ©

sábado, 5 de octubre de 2013

Balas de Plata



BALAS DE PLATA






En la incólume madruga Van Helsing me disparaba balas de plata que se incrustaban en mi pecho, una tras otra sin dilación; el cazavampiros, envuelto en su halo y misterio de alma inmortal, luchaba contra lo mundano y lo perverso del tiempo, que se había detenido en todos los relojes de éste y otros mundos.



Las sombras apocalípticas que encumbraban aquella pesadilla sin final se habían sumergido en un eclipse maldito y excluyente. Descubriendo el bajo relieve de la soledad inagotable, que tras la luz de una luna maldita, hacía transmutar la dicha en los peores y más remotos sentimientos.



Sueño maldito en Kandahar oprimiendo a los humanos, tendiéndole la mano a Nilyaé desde la cúpula infinita de una Oníria infernal.



Con el corazón descolgado y moribundo miré de lejos al pasado más remoto que se tornaba sórdido e inescrutable, revestido por el desconsuelo de los perdedores que siempre deliran


                  Entre sus anacreónticas miradas.




R. AGUIRRE ©

De mi libro Mitos de Insomnia.